
El autobús por fin llegó a la parada, no con la celeridad oficial sino con la tardanza habitual. Subimos poco más de una docena de estudiantes, todos agotados. Como era mi costumbre, fui directamente hacía los asientos traseros, donde dejé tumbar todo mi cuerpo y acto seguido fui entrando en el sueño antes de llegar a mi casa.
Mi destino cotidiano era largo, aproximadamente unos 45 minutos de la universidad a mi hogar. Tras ocho horas de trabajo en el Instituto de Congelamiento de los Precios de Productos Agrícolas Tradicionales (INCONPREPROA), pésimo almuerzo y varias horas de clases con profesores de folletines, libros-piratas y tópicos gastados, dormir era el sueño anhelado.
Las paradas se sucedían sin que me diese cuenta –ya estaba programado para despertarme minutos antes de llegar a la que me correspondía-, pero mucho antes de la parada habitual de este servidor desperté con todos mis sentidos aguzados. Al sentir el cuerpo de ella (todavía no sabía su nombre, no desesperen) y su aroma de belleza indescriptible, abrí los ojos sobresaltado, miré a mi lado y ahí estaba ella, idéntica a la mujer con la que soñaba noche tras noche durante meses. Tuve que frotarme los ojos con fruición para convencerme de que no estaba envuelto en una de mis múltiples fantasías.
Ahí estaba la chica que había despertado en mí millones de emociones por segundo, un torbellino de sentimientos difíciles de controlar, agolpados en mi frente, en mi pecho, y como no, en mi pene.
No sabía qué hacer. Sentí inmediatamente deseos de abrazarla, besarla, hablarle de mi amor, de un futuro para los dos. El poco de razón que me quedaba en ese instante me contuvo. Supe que me tomaría por un maniático. Respiré hondo mientras buscaba con suma dificultad entre mis gastadas neuronas una estrategia infalible para abordarla.
Mi respiración se aceleraba, sentía taquicardia y el vaivén del autobús hacía que nuestros cuerpos –bueno, nuestros antebrazos- se tocasen constantemente. El roce de su piel y de sus tiernos vellos me provocó una erección brutal. Por momentos pensé que Calígula (mi miembro) se haría independiente de mí y corretearía por todo el autobús repartiendo entre todos su láctea pasión.
Noté que ella me miraba. ¡Sí, tenía interés en mí, en este triste estudiante de contabilidad! De una u otra manera algo le llamaba la atención. Revisé mis ojos: no tenía lagañas. Mi bragueta: mi pene aún estaba en su lugar. Mi aliento: no tenía halitosis. Mis axilas: estaban libres de pestilencia. Me seguía mirando. Pensé que… ¡podía gustarle! Esa idea me impulsó a hablar con ella, a decirle cualquier cosa, pero hablarle, oír su voz, sentir su aliento de doncella virginal sobre mi cara, y mientras deseaba todo eso, mis neuronas cansadas parecían haber encontrado la manera fulminante de abordarla con algo genial.
-¿Estudias en la universidad?
-Sí, ¿por qué lo pregunta?
-Creo que te he visto antes, pero no recuerdo cuando exactamente, le mentí, y ya sentía que de esa pregunta inicial se desprendería una inteligente y sensual conversación que conllevaría un cruce de teléfonos, una cita, dos citas, tres citas, besos y abrazos, abrazos y besos, noviazgo, casamiento, familia, hijos.
-Es posible que me haya visto muchas veces. Tengo ya dos años en la universidad. Yo también a usted lo he visto.
-¿Cómo va a ser? Pareces muy joven para tener todo ese tiempo estudiando. Pensé que eras de nuevo ingreso- dije yo con afectada sorpresa, confiado en que la alegraría el que le señalará como una muchacha más joven de lo que realmente era.
-¿Supone usted que miento? ¿Supone usted que no digo la verdad y que miento sobre el tiempo que tengo estudiando en la universidad? ¡Es usted un cerdo!- vociferó histérica mi amada, mientras un torrente de lágrimas caía por su rostro.
Un par de muchachos se acercaron de manera intimidante, preguntando qué ocurría, por que lloraba la chica de la cual no sabía ni su nombre, ni la causa de tanto alboroto. Los dos muchachos –muy fornidos, es importante señalar- empezaron a darme ligeros golpes en los hombros, cuando una señora con enormes lentes y cara de batracio realizó el señalamiento que me condenó sin oportunidad de apelación: “Ese muchacho estaba hostigando sexualmente a esa niña. Yo lo vi todo. ¡Es un depravado, un monstruo, un violador!”
Aquello, unido al interminable llanto de mi musa, causó todo un revuelo a mí alrededor. Decenas de personas me llevaban de un lado para otro, se tiraban encima de mí, me golpeaban, me escupían, me pateaban y me insultaban generosamente. Incluso alguien se venteo en mi rostro. Un par de voces plantearon las posibilidades de linchamiento –descartada por la falta de espacio en el autobús- y otra, la de un joven con voz afrancesada, propuso la guillotina.
Felizmente, ambas propuestas fueron desechadas. Me faltaba aire, que sólo pude respirar cuando el autobús se detuvo, se abrió la puerta trasera y me lanzaron como si fuera un balón de fútbol.
Estuve inconsciente durante unos minutos. Al despertarme ahí estaba la lacrimosa amada, que me dijo se llamaba Lisbeth Gertrudis Campusano-Brito O’ Hara, que me pedía perdón por lo ocurrido, que todo había sido una enorme confusión, que la señora acusadora era una demente -miembro de una secta que abogaba por la inseminación artificial para erradicar así completamente el acto sexual- y que su llanto se debió a la posibilidad de que yo hubiese pensado que ella mentía de alguna manera. “No soporto pasar por mentirosa, mucho menos ante ti, de quien estoy enamorada desde la primera vez que té vi hace un par de años. Antes que mentirosa prefiero pasar por prostituta, asesina o diputada. ¡Oh mi amor, perdóname!”
Yo, que me había fracturado la frente y sangraba de forma bondadosa, la abracé, la besé y le dije que lo único que quería era una oportunidad de que fuésemos felices. Me ayudó a parar y acompañó hasta mi casa. Un día después sería mi novia, tres años después mi ex esposa. No tuvimos hijos, la convivencia fue difícil entre ambos. Perdí la cuenta de sus amantes, algunos de los cuales conocí, aunque en calidad de amigos y de primos. Los sueños no siempre se mantienen siéndolo, a veces devienen en pesadillas. Pero el intento no fue en vano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario