
Ya era el momento de la despedida. Los chicos y chicas del último año del bachillerato nos despedíamos, nos dábamos las manos, nos dábamos besos, y uno que otro (yo era uno de ellos, lo recuerdo bien), aparentando distracción, rozábamos con fruición los labios de las chicas.
Michel y yo –Mario Rivas, un servidor- caminábamos desde la casa de la Cayetano Rodríguez hasta la Correa y Cidrón con algo de tropiezo por el efecto de tanta cerveza y tanto ron ingerido entre los paréntesis de grasientas picaderas que no sin “amor” (¡que palabra tan devaluada en estos días!) preparaba Doña Barbarita, la madre de nuestra maravillosa anfitriona.
A la espera de alguna voladora o concho, comentábamos sobre la fiesta que ya empezaba a ser recuerdo. Afirmábamos, con ayuda de nada coreográficos gestos manuales, la condición de anfitriona sin par de Matilde, conocedora no sólo de incipientes secretos amatorios, sino también de exquisiteces culinarias que se verificaban en ese orgiástico sancocho de siete carnes que hizo las delicias de todos nosotros en ese emotivo 14 de febrero, a pesar de las constantes quejas de su abuelo, Don Tuto.
“Nadie en esta casa me respeta, nadie, absolutamente nadie tiene compasión por esta mierda de viejo. Usted sabe lo que es armar todo este alboroto y no dejarme dormir. Son unos hijos de la gran puta”, decía el antiguo teniente en tiempos del Jefe, y entre queja y queja se destapaba con poderosos escupitajos con perfecta puntería, los cuales caían como bombas en una descolorida bacinilla, provocando un ruido estruendoso, que perturbaba la borrachera de Doña Barbarita.
Tambaleándose, la madre de Matilde nos deseaba buenas noches, y nos exhortaba a tener cuidado: “¡Ay mis hijos!, que Dios los proteja, hay mucho crimen en la calle, esto está del carajo. Antes no era así”. Acto seguido se desplomó en un sofá. El alcohol le había vencido.
Nos manteníamos charlando sobre las virtudes pectorales de Claudia -foco de atención de todos los muchachos- al aparecer el esperado concho. Nos montamos en el asiento trasero, el cual estaba ocupado por un esquelético hombre. “Pobre hombre”, pensé, como si este fuese la pena personificada. En el asiento delantero se encontraba un rechoncho mulato con facciones cochinescas, y el chofer, un hombre entrado en los cincuenta.
Un par de esquinas después abordó el vehículo otro pasajero, mientras seguíamos comentando sobre los senos de Claudia y las nalgas de Margarita, quien con disimulado placer se dejaba besar y acariciar de vez en cuando.
Al llegar a la esquina de la Alma Mater, el pasajero que iba a mi lado pidió parada, se desmontó, y cuando me disponía a cerrar la puerta encontré un obstáculo: un nuevo pasajero, pistola en mano, se montó presuroso, mientras el cochinillo recitó las palabras de rigor: “esto es un asalto”.
Por un momento pensé que aquello era una broma, alguna cámara escondida para algún pésimo programa televisivo, ya que el revólver que portaba el asaltante parecía de juguete, de aquellos con los que jugábamos a indios y a vaqueros en la pretérita infancia. Pero al ver a Michel observé al pasajero que estaba a su lado, el pobre esquelético, portando un enorme cuchillo de mesa, que no tenía en lo absoluto una apariencia infantil. Sin dudas, era un asalto.
“No hablen ni media palabra y dennos todo el dinero que tengan”, dijo el cochinillo, mientras el pistolero me alojó el arma en las costillas, a la vez que me dijo en mal tono que le diese mis zapatos recién estrenados. Michel y yo sacamos de nuestros escuálidos bolsillos todo el dinero que teníamos: 58 pesos en total. La suma representaba, sin lugar a dudas, un fracaso para el delito, aún a fines de los años ‘80. El pistolero, indignado, me preguntó enérgicamente si era todo el dinero que portaba, y con las manos temblorosas busqué entre los bolsillos de mi jeans, logrando extraer de ellos la suma de 4 pesos y 75 centavos en monedas de 50, 25 y 10 centavos. Le ofrecí la suma –que engrosaba los 58 pesos anteriores- a mi asaltante correspondiente. Al ver el amasijo de monedas en mis manos las rechazó con marcado disgusto, propinándome una bofetada inmortal (jamás la olvidaré), al tiempo que Michel se mantenía estático, no sé si por la certeza de que nada más grave nos pasaría o por que se estaba literalmente cagando del miedo.
El auto dobló por
“Salgan del carro sin decir ni ‘pío’ y no se atrevan a mirar pa’tra, si no quieren que les peguemos unos plomazos, par de mariconcitos”, dijo el líder cochinesco.
Tan pronto nos desmontamos, pensé: “ya nos jodimos. Nos van a disparar por la espalda y mañana saldrá en los periódicos una noticia sobre nosotros, pero muertos”.
Durante unos segundos sentí un frío polar desde la nuca hasta el culo. Libres mis piernas, corrí hacia los acantilados como Jesse Owens en el Berlín del ‘36, inhalando todo el aire que no había podido respirar en los minutos previos.
“¿Qué haces Mario? ¿Te vas a tirar al mar? Regresa, ya se fueron”. Todavía inhalaba oxígeno en grandes bocanadas, y luego enuncié una de esas frases absolutamente memorables: “Nunca antes había estado tan cerca de la muerte”, dije atropelladamente, introduciendo las manos en los bolsillos, buscando una menta con la cual aplacar mi tensión. No la encontré, había sido parte del botín.
“Lo mejor es que duermas en mi casa. Ya son las dos de la madrugada. Mañana te vas y se olvida todo”, dijo Michel con un temple que a mí se me antojó heroico.
La oferta no fue rechazada. Caminamos a su casa, cerca del extinto Cine Lumiere, y al llegar, asumimos actitudes diversas. Michel decidido a dormir, y yo con los ojos compungidos, a punto de llorar y preguntándome “¿por qué a mí?”. El heroico no lo pensó dos veces, y al ver la cama se lanzó en ella como si alguna secreta amante hubiese esperado libidinosa su llegada.
Tras lloriquear en una de las esquinas de la habitación, ante los insultos entre dientes de mi amigo, llamé a mi madre para explicarle que dormiría donde Michel, que se había hecho tarde, que no encontraba transporte, y otras mentiras más. Mi madre, siempre preocupada, me dijo: “Ay mi hijo, no andes tan tarde. Hay que tener cuidado, y más ahora que hay una ola bestial, monstruosa y apocalíptica de asaltos y violaciones. Duerma bien, y cuídese, que esto está muy, pero muy difícil. ¿Cenaste? Bueno, buenas noches mi hijo”.
Decidí dormir, no sin antes sacar de la habitación una alcancía porcina de Michel. Eliminaba así uno de los elementos de la inminente pesadilla.
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