domingo, 12 de diciembre de 2010

El rescate

La noticia del rescate llegó cinco horas después de su ausencia.

Sentí morirme. Sin ella no puedo vivir, no tengo estímulos en este mundo podrido sin su presencia, sin su calor, sin su silenciosa comprensión.

Pedían dos millones de dólares para liberarla. ‘¡Lo pago, lo pago!’, vociferé energúmeno por la línea telefónica. No me importa. Ella vale eso y mucho más.

Tengo millones de dólares, los cuales seguramente irán a parar a las manos de mis siete hijos e hijas, todos unos inútiles, incapaces y pervertidos. Solo de pensar en la herencia me dan ganas de desheredarlos y donar todo mi dinero a quien sea, para agua potable en el tercer mundo, para educación en el sureste asiático o para la nueva moda del cambio climático.

La cita para el rescate era en un bar de mala muerte de la zona este de la ciudad. Mi equipo de seguridad elaboró mil y un planes para poder salvarla de los raptores sin que perdiese yo ni un dólar. A todos sus planes dije que no, que yo solo la quería de vuelta, y no iba a arriesgar la posibilidad de volver a estar con ella si sus dichosos planes salían mal.

Les convencí.

Puntualmente estuve en el bar. Dos jóvenes me revisaron hasta el alma en búsqueda de algún arma de fuego, y luego me condujeron hacia una especie de sótano. Mi pidieron el maletín con el dinero y se los di. Uno de ellos fue detrás de una cortina y pasó el maletín a un cuerpo que nunca vi. Escuché el maletín abrirse y el sonido del dinero cuando es contado.Yo estaba impaciente. No la veía, no la sentía. ¿Y si la habían asesinado y me asesinaban luego a mí y se quedaban con mi dinero? Repito, el dinero no me importaba, ni siquiera mi vida tenía sentido sin ella.

Escuché una voz aguda, pero no vi el cuerpo que la sostenía. Dijo, y ahí empecé a sentir que la vida valía la pena vivirla, que como yo había cumplido con los términos establecidos ellos tenían que cumplir conmigo. Uno de los jóvenes hizo un gesto de insatisfacción, pero la voz incorpórea repitió la orden.

Me dijeron que saliera de la especie de sótano, que esperase en la esquina y que no intentase hacer ninguna llamada, y que en unos minutos ella estaría conmigo. Salí, entre feliz y temeroso de que a último segundo todo fuese una trampa para ellos huir sin devolvérmela.

Durante cinco minutos estuve en la esquina. Las piernas me temblaban y sentía que el corazón se rompía en mil pedazos. Hasta que, entre el bullicio de la gente que caminaba en todas direcciones, escuché su maullido.

Mi fe en la vida inundó mi corazón. Su ronroneo alrededor de mi pierna izquierda es el acontecimiento más bello que he vivido.

Mi gata siamesa nunca entenderá lo mucho que significa para mí. Pero no importa. Su vida ilumina la mía. Sin ella no soy nada. Nada.

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