
Ante las exigencias de la opinión pública, los medios de comunicación, las iglesias (católica, pentecostal, evangélica, mormona, bautista del sur, neo-anglicanos, post-bautiptas, ect.), y especialmente los partidos políticos de oposición, el gobierno decidió tomar el ‘toro por los cuernos’.
La delincuencia en la República se había tornado en desesperante, según los entendidos en la materia, que se contaban por cientos de miles en un país de unos 8 a 25 millones de habitantes (según el último censo). Se exigía al gobierno de turno, dirigido por el PFR (Partido de la Felicidad de la República) que tomase medidas drásticas. El gobierno las tomó, y decidió algo que hasta sus más acérrimos enemigos tuvieron que elogiar: la medida de Feliz o fusilado.
La medida, lograda en base a un consenso de estudiosos en las materias de criminalidad, psicología popular, ONGS, representantes de las iglesias, miembros de la sociedad civil, militar y policial, madres –incluso padres de familias-, tíos y abuelos, machos y hembras de la República, republicanos en el país y de la diáspora y un largo etcétera.
Consistía en lo siguiente: la total e irrestricta obligatoriedad de todos y cada uno de los pobladores del país –nativos y extranjeros- de ser felices (preferiblemente a más no poder). De esta manera era mucho más factible detectar quienes podían llevar dentro de sí el germen del crimen, la delincuencia y el desorden civil. Quienes, no importaran las causas, no se mostrasen felices de manera constante serían asumidos como desafectos a la vida urbana y rural, playera o montañesca, a la sana convivencia, al destino manifiesto que no solo el gobierno de turno, sino también sus meritorios partidos políticos de oposición, querían para la República.
La pena máxima (y prácticamente la única) que se aplicaría a quienes no siguieran al pie de la letra la nueva ordenanza de ser felices sería la muerte, perdón, el fusilamiento, o en su defecto, la lapidación, el ahorcamiento (asistido), el aplastamiento, la destrucción, en fin y en pocas palabras, la desaparición de este valle de felicidad, que ya dejaría de ser de lágrimas (incluso con el apoyo de la Iglesia Católica, que puso reparos a la ordenanza en las primeras instancias, pero que eventualmente dio su visto bueno).
La medida se decidió implementar a partir del 14 de febrero de 2007. El día de Los Enamorados o de San Valentín (como prefiera el lector) fue decidida en función de que es también el día de la amistad, ¡y qué más felicidad que tener amor y amigos!
El gobierno de la República creó un cuerpo mixto entre la Policía y las Fuerzas Armadas para la vigilancia estricta entre la población para determinar quienes se mostraban felices y quienes no, y entre quienes se mostraban felices quienes podían mostrarse felices sin serlo, escudando su odio y su saña hacia la población de la República tras una sonrisa mal intencionada, engañosa, falsa y atroz. Claro está, el cuerpo mixto – al que se denominó Cuerpo Armado por la Felicidad (CAPLF)- daría el ejemplo: aunque armado hasta los dientes de los más modernos armamentos con que podía contar una nación del tercer mundo cada uno de sus miembros mostraría una inequívoca sonrisa de felicidad, aún en los casos del más estricto cumplimiento de la nueva ordenanza que prometía devolver tranquilidad y paz a cada uno de los hogares de la República.
Fueron creados tribunales especiales, llamados Tribunales por la Felicidad y la Concordia, cárceles especiales para los infelices y hermosos paredones para los criminales de infelicidad y los culpables en reincidir en la tristeza y la depresión constante. Los paredones tenían murales pintados por famosos acuarelistas nacionales y foráneos, con bellas imágenes de ángeles y animales (preferiblemente mamíferos y aves terrestres, como avestruces y pingüinos), y con cielos de un azul tan claro que las balas que fusilasen a los bandidos y canallas de infelicidad más que proyectiles fueran concebidos como pasaportes hacia la maravilla de la eternidad.
Incluso quienes fueran condenados a muerte por otras vías tendrían la posibilidad de elegir hermosos y alentadores formas de morir: los sentenciados a la horca podrían elegir entre sogas bellamente pintadas de rosa, fucsia y azul turquesa; los sentenciados a la lapidación podrían elegir entre rocas volcánicas procedentes de los volcanes del sur de Italia, piedras del Gran Cañón o rocas procedentes de las más alta elevación de cada continente; los sentenciados a las inyecciones letales podrían elegir entre compuestos químicos mortales combinados con cervezas con sabor a pistacho, melocotón, guayaba o batida de lechoza con leche, descremada o semidescremada.
Algunos grupos opositores (incluyendo madres de rateros, padres de criminales a sueldo, tíos de asesinos pasionales, nietas de infelices empedernidos que hacían de los lugares de trabajos verdaderos lugares de tortura) tuvieron que admitir la pertinencia de la ordenanza de Feliz o fusilado.
Los crímenes violentos disminuyeron en un 354 por ciento en los primeros seis meses de la ordenanza, al igual que disminuyeron los robos de carteras, aretes y prendas en un 313 por ciento; los robos en autos del transporte público en 298 por ciento; las denuncias de robos y asaltos en un 213 por ciento; las violaciones de menores en un 198 por ciento; de adultas y ancianas en un 177 por ciento; y más importante aún, disminuyeron los divorcios en más de un mil por ciento, aumentaron los matrimonios en un 669 por ciento y las cárceles fueron literalmente quedando vacías (se asumía que nadie en la cárcel podía ser feliz, por lo cual fueron paulatinamente fusilados los infelices, y el temor ante caer en la cárcel obligada a la población no carcelaria a ser felices o por lo menos disimular con maestría un mínimo de felicidad).
El gobierno del PFR, gracias a las Asambleas de la Felicidad Nacional que realizaba el último jueves de cada mes, logró ir perfeccionando la medida de Feliz o fusilado gracias a las peticiones y observaciones de los diversos estamentos de la sociedad. Como la ordenanza ya se iba asumiendo como elemento esencial de la cultura de la República, se decidió que las nuevas generaciones tuviesen la mejor educación sobre el binomio Estado-Felicidad, por lo que fue creada la Universidad de la Felicidad y centros de capacitación para niños, adolescentes y adultos a través de toda la República.
El himno fue modificado para incluir las palabras Felicidad, gozo y bienestar por lo menos una vez en cada una de las 113 estrofas del himno. El eslogan “No al crimen, si a la felicidad” se convirtió en obligatorio en por lo menos dos prendas de vestir de cada miembro de la población. Se cambiaron, por decreto presidencial, los nombres oficiales de los equipos deportivos, que generalmente hacían alusión a animales feroces por los siguientes: Gozosos de Puerto Cobre, Risas de Ciudad Marítima, Tranquilos de Mouí y Felicísimos de Santo Martes 13, entre otros nombres que destacaban las ventajas de la felicidad, la pertinencia y necesidad nacional de la felicidad.
Ante las acusaciones de algunos grupos rebeldes y algunos gobiernos extranjeros (lógicamente sediciosos y envidiosos hasta rabiar) de violaciones a los derechos humanos y de falacias como la instauración de una dictadura, el gobierno de la República mostraba en todos los foros internacionales los maravillosos logros que otros gobiernos y estados (incluidos del primerísimo mundo) no podían exhibir. La felicidad en la Tierra podía ser lograda finalmente y la República se estaba encargando de que el resto del planeta pudiese percatarse de estos hitos históricos, sin duda mayores que la llegada del hombre a la luna, del descubrimiento de América y de los más de mil goles realizados por Pelé en toda su carrera futbolística.
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