
Maromo y yo pedimos y mendigamos con mucha dignidad y honestidad.
Jamás pedimos para comida, ni medicinas ni ninguna de esas sandeces. Nuestra alimentación la proveen los magníficos zafacones de los barrios pudientes de esta ciudad. Nos enfermamos poco o casi nada. Los marginales como nosotros creo hemos desarrollado un altísimo grado de inmunidad hacia los virus y bacterias. Maromo piensa incluso que les damos asco y huyen desesperados de nosotros. No afirmo la idea, pero tampoco la niego. Mayores misterios tiene el universo.
Pedimos para alcohol y para drogas. Y pedimos dinero para estos productos de primera necesidad directamente, sin máscaras ni metáforas. Nos gusta la sinceridad y pontificamos si es necesario sobre este sacro valor.
Yo tuve una carrera que iba en ascenso en el competitivo mundo de la banca, hasta que mi afición a la cocaína me sacó del juego financiero. Maromo era un arquitecto exitoso, pero su alcoholismo provocó no menos de un proyecto donde la ausencia de varillas fue difícil de digerir. Tenemos cada uno nuestros propios vicios, pero somos solidarios: cuando hay alcohol yo me pego borracheras de antología, cuando hay drogas (casi siempre crack) él se da unos viajes que imagino visita Saturno, Júpiter y demás planetas vecinos.
Hemos estado abrazando el naturismo recientemente, por lo cual hemos incluido un té de cáscaras de banana que nos proporciona una agradable sensación de aturdimiento en nuestra dieta drogo-alcohólica.
A algunas personas les parecen ofensivas y escandalosas nuestras peticiones de recursos para tales fines. Incluso algunos han querido agredirnos físicamente, ya sea con sus puños o con sus balas. Pero hay gente buena en este mundo que nos da dinero para nuestras debilidades, sin las cuales nos sería insoportable vivir. Algunos incluso nos han invitado (a pesar de nuestros harapos) a magníficas fiestas donde puede escasear la felicidad y la diversión, nunca la coca.
Así van nuestras vidas, mejor, igual o peor que la vida de muchas otras personas. Quién sabe. Cuando era un competitivo ejecutivo bancario mi cuerpo era la posada de un continuo estrés. Es cierto que perdí mi esposa, que a mis dos hijos les causo náuseas y que los amigos de antaño ahora ni llegan a enemigos: simplemente me ignoran si se topan conmigo en alguna esquina de la ciudad. Pero, ahora estoy más relajado. Cierto, mucho más pobre, mugriento, solo y poco o nada admirado. Pero ya no recuerdo que es el estrés.
Maromo, en cambio, ni perdió esposa ni hijos. Nunca los tuvo. Ahora está ganando el corazón de Muriela, una mendiga venida de algún país de Europa del este. No sé mucho de su situación, pero creo entender que vino a este país hace 10 años huyendo no sé de qué persecución política. Lo cierto es que se gustan. Ninguno me lo ha dicho, pero ya los he sorprendido dos veces fornicando, una de ellas dentro de un zafacón repleto de espinas de pescado. El amor, el amor.
La vida no es perfecta, pero salimos a flote. ¡Ah! Están sacando la basura del restaurante italiano. Manos a la obra. Algunos restos de penne a la puttanesca encontraré. ¡Qué delicia!
No hay comentarios:
Publicar un comentario