miércoles, 15 de diciembre de 2010

Habitación 13

Nunca creímos en cábalas, ni horóscopos, ni lecturas de tazas ni de manos. Quizá por desafío a la superstición o porque en nuestra primera noche en aquel triste motel de barrio era la única desocupada, la habitación 13 se convirtió en nuestro hogar. Yolanda, nuestros encuentros nacieron con un deseo que pensamos era imposible sentir, por lo que aún desnudos en la cama pretendíamos que era un juego inocente sin ninguna implicación.

Primera vez y tú y yo pretendiendo negar lo que iba a suceder, lo que sucedía, lo que sucedió, descalificándolo, denostándolo. ¡Qué va! Lo que sentíamos no se podía negar, ni ocultar, ni enterrar. Con demasiada frecuencia –es decir, siempre- pensaba en ti en los momentos más dispares: una reunión en el trabajo con el dueño de la ferretería, sentado en una mecedora en casa de mi madre, jugando con mis hijos, al llegar a casa y recibir el “hola mi amor, te hice arenque y platanitos sancochados para la cena”.

Nuestros encuentros -¿recuerdas Yolanda?- no diferenciaban amor de sexo, ni la pasión de la ternura. En aquella cama de la habitación 13 de motel de chinos -con restaurante en primera planta y supermercado al lado del mismo nombre- pasábamos del desenfrenado deseo compartido a las mutuas confesiones, a los planes de un futuro común, al establecimiento de un paraíso para ambos sin serpientes ni frutas prohibidas, donde ya no tendríamos que ocultarnos ni temer por los celos, los escándalos y posibles venganzas de nuestras parejas oficiales.

Tu esposo, querida Yolanda, mi esposa y nuestros hijos desaparecían como por arte de magia de nuestras noches “treceavas”, de aquel espacio de cuatro paredes, techo y puerta con pestillo donde jugábamos a ser nuestros auténticos YOS, no los fabricados para consumo externo. ¡Ay Yolanda, qué veladas magníficas!, en las cuales tu vagina era un universo poblado de estrellas y mi pene un ídolo a adorar por la devoción y fe de su principal creyente: tú. Por cierto, amor, nunca tuve claro si eras o no católica, evangélica o pentecostal, sabes, por aquello del “¡Ay Dios, Ay, esto sí es bueno!”. Creo que una vez me dijiste que era por pura costumbre heredada de los años de estudios en el colegio de monjas. Quizá era una forma de invocar algo o alguien o alguna idea teóricamente superior que te elevara –con mi ayuda- por encima de la maldita medianía de los días, unos tras otros, sumando tedio y ruina sobre la existencia. Quizá debí invocarlo yo también…pero estaba siempre tan bien ocupado en tus labios, en tu boca, en todos tus labios.

Trece meses ya de conocernos por accidente –como casi todo lo importante en la vida- en aquella fila de un banco que terminaría en quiebra y escándalo político. Amor a primera vista, corazones agitados, pubis humedecidos, sudores faciales, primeros intentos de aproximación verbal buscando rápidamente unas palabras, una frase que justificase mi abordaje, que desatase en ti una sonrisa que me diese paso a otras palabras, a entablar un contacto que derivase en intercambios de teléfonos, a la invitación a una cita a tomar café o a cenar –que nunca es a tomar café o a cenar sino algo diferente-, y mientras pensaba velozmente que decirte avanzaba la fila y tu volteaste el rostro hacia atrás para mirarme, para sonreírme, y yo sonreí, y supe entonces que no era necesario mucho discurso, que bastaba un “hola” porque ya tu me invitabas a tu mundo, y tu pensando –eso me lo dijiste en nuestro segundo encuentro- “tómame, ni siquiera me hables, no perdamos el tiempo, cómeme viva, arráncame esta falda que aprisiona mis piernas que quieren abrirse ante ti, cógeme como una fiera”, y entonces te digo el tópico “hola”, y me acerco un poco más a tu cuerpo, y la fila avanza, y me sonríes de nuevo con esa dentadura magnífica de tan limpia y tan parejos los dientes, y me acerco más, y con mi mano derecha te tomo la cintura, y tú que sigues sonriendo, y me respondes el saludo, y yo que estoy a punto de eyacular, y tú a punto de voltearte y darme uno de esos besos que se han hecho famosos en Hollywood, y siento la electricidad de tu cuerpo traspasar tu piel y anidar en las mías, y… “el próximo, por favor”.

Temí que después de tu operación bancaria te irías inmediatamente sin dejarme posibilidad de saber cómo encontrarte, a donde llamarte. Pensé incluso no realizar mi diligencia bancaria para alcanzarte, ya que, después de todo, había tardado 39 años en dar contigo. Pude realizar el cambio del cheque, ya que me hiciste entender con señas que me esperarías fuera.

A la salida decidimos llamar a nuestros respectivos trabajos avisando que faltaríamos por…por…lo que fuera: alguna enfermedad repentina, un accidente, un percance familiar, no importaba. Después, una discreta cafetería que tú conocías: un café para mí, un té para ti -que considerabas que los pueblos más desarrollados tomaban esa bebida-, conversación, manos entrelazándose, jugueteo de nuestros pies debajo de la mesa, furtivos besos mientras mirábamos alrededor, y era feliz, y tú también, “quiero hacerte el amor” –te dije-, y tú que “yo también, pero estamos casados, tenemos hijos, estaríamos siendo infieles, no está bien, te deseo como nunca he deseado a un hombre, pero no está bien”, y yo insistiendo, y tú que sí pero que no, que no está bien, que mejor nos quedamos como amigos, o mejor, que nos despidamos y no nos busquemos, y yo dale que dale con que “vamos a hacer el amor”, y tú con lo mismo, hasta que dije –deseando con fervor que no me hicieras caso y reaccionaras, como lo hiciste- “está bien. Tienes razón. Dejemos las cosas como están”, y yo llamando al mesero, que cuánto es, y pagando, y parándome, y extendiendo la mano a modo de saludo, y tú con la boca abierta, “¿Y a dónde tú vas?”, y yo que “me voy. Es lo mejor para los dos. Tienes razón”, y tú que “¡Ay no! Usted y yo nos vamos ahora mismo, juntos”, y yo casi con un paro cardíaco de la emoción, y erección apoteósica, y salida casi galopante del café, y montarnos en mi Toyota Corolla color amarillo, y a coger la autopista para una cabaña, y tú que no, a otro lugar, que tu marido tiene un par de amigos dueños de esas cabañas, que a otro lugar, y yo desesperado, y tú también, y cogemos por ahí, cerca del café, por la México, por la Duarte, ya ni me acuerdo, y veo que aún está aquel motel, frecuentado en mis años universitarios, y qué bien por cierto que sea ese, que debe seguir siendo barato, que faltan más de 13 días para cobrar a fin de mes, y este arranque que tengo encima no da para mucho, pero por lo menos tendremos una cama para los dos, y tú que no importa, con tal de que nadie nos vea, y estacionamos, y entramos, y pago a chino de Macao, de Hong Kong o alguna provincia china imposible de pronunciar bien, y que importa, y nos da la habitación 13, la única libre, y risitas nuestras, y entrada a la habitación, y ponemos el pestillo, y ropa volando por la habitación, y…

No teníamos supersticiones, ni creíamos en brujas ni en pitonisas, pero por alguna razón cabalística que nunca entenderé seguimos yendo al mismo motel y pidiendo la misma habitación. Tantas buenas habitaciones y cabañas, con jacuzzis, con camas mucho más grandes, con baños muchos más limpios, y seguimos retornando a la misma habitación. Quizá porque la asumimos como un hogar. Hasta convinimos con el chino para que determinados días, a determinadas horas, la tuviese lista para nosotros. ¿Recuerdas? Esos eran los días que dizque tomábamos clases de francés, la lengua de un tal Barsax y un tal Estendal.

Nuestra habitación tenía sabor a hogar, a Nuestro Hogar, fuera de apariencias y de engaños, de poses y respuestas educadas. Bellas palabras al oído, excitantes olores corporales, música en nuestros ojos, fluidos recorriendo nuestros cuerpos, universos inagotables. No importaba el chino tocando la puerta diciendo que se había acabado el tiempo ni la musiquita que ya no escuchábamos (“Paloma, dime por qué” o “Pequeña amante”, o qué sé yo), ni las excusas caseras para justificar tardanzas y ausencias. ¿Para qué preocuparse por los demás?

“That is the question, darling”. ¿Para qué preocuparse por los demás?

Cariño, nuestras noches fueron maravillosas. Fueron. Pasado. Fin. The End. C’est fini. Finito. Ya no habrá más. Ya no habrá nada más que esta estancia perpetua llamada muerte. ¿Y cómo se habrá enterado el demente de tu marido del motel que frecuentábamos, de la habitación 13, de nuestro genuino hogar? ¿Será que le habrán leído la taza? ¿Y por qué nadie le aconsejó no andar con aquella Magnun 45?

Ya no importa si él me disparó, te disparó y se disparó (¡coño, si tan solo se hubiese disparado él solo!) Ya no hay remedio, qué carajo, como tampoco hubo remedio a tanto deseo que nos llevó a la cama de la habitación 13 de aquel motel de mierda y de chino con sandalias y pantalones de mezclilla y franelita blanca gastada por tanto uso y de puto barrio caliente de Santo Domingo. Ya nada importa en la eternidad de estas tumbas a que nos confinan, sin placeres, sin problemas, sin sueños ni pesadillas, ni nada de nada. Nada de nada. ¿No eras católica, verdad? ¿O sí? Por cierto, no sabía que tu marido era sargento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario