
Desde mis primeros años de vida la cocina ha sido mi vida. Cuenta mi abuela Rigoberta que cuando empecé a gatear lo hacía para dirigirme a las cacerolas que inundaron mis fantasías infantiles.
He dedicado toda mi existencia a los sabores, olores y texturas de la cocina, desde el tradicional mangú hasta las sofisticadas ancas de rana que aprendí a hacer en mis estudios culinarios en Francia.
Conozco cada secreto de las cocinas del mundo, desde los platos más populares en los países de América, Europa, Asia y África (tengo una deuda con las tradiciones culinarias de Oceanía, ese es mi Talón de Áquiles), y además tengo una creatividad inmensa para fusionar cocinas que nadie antes pensó eran posibles fusionar. Soy un chef, pero no uno cualquiera, de esos que trabajan en restaurantes dudosos, no, no, soy un gran chef, un gran chef.
Entendido esto continuó el esbozo de mi vida.
Recuerdo que desde mis primeros años de vida he estado inmerso en las cuestiones culinarias. Mientras mis hermanos y primos dedicaban su tiempo a banales juegos de béisbol estaba yo fajado destripando pollos, cortando verduras, sazonando carnes, batiendo huevos, pelando plátanos y separando el grano bueno del malo de las cosechas de arroz, tareas a las que se dedicaban mis abuelos.
No me importaban las bromas mal intencionadas de mis familiares masculinos (que por cierto, no pocas veces dudaban de mi orientación sexual), ni tampoco las suspicacias de mis abuelos, hombres curtidos en el trabajo agrícola que veían en mi manifiesta vocación cocinera una amenaza a la probada hombría tradicional de sus familias. Solo me importaba cocinar. En estos menesteres era feliz, completo, perfecto.
Abuela Rigoberta fue mi mentora. Por eso siempre la menciono cuando recibo numerosos premios, ya sea en Santo Domingo como en París, en Londres, en Roma, en Barcelona, Montreal y cualquier otra ciudad que se rinde ante mis majestuosidades culinarias.
Aunque éramos esencialmente gente de provincia, muy lejos de hábitos y gustos sofisticados y citadinos, hubo en casa la apertura para saber que cada hijo debía elegir su camino en la vida. El mío era la cocina. Mis agricultores abuelos no veían con muy buenos ojos mi futuro inmerso en las cacerolas y los sartenes, pero tampoco hicieron campaña abierta para oponerse a mis designios.
Estudié con los mejores chefs del país, en los mejores restaurantes, preparé los mejores banquetes. Mi fama me ganó portadas de prestigiosas revistas nacionales e internacionales. Ya a los 25 años era considerado una leyenda de la cocina tropical, latinoamericana e internacional.
Durante 20 años trabajé en los restaurantes más reputados en Europa. En Londres me adoraban, en París me envidiaban, en Roma me idolatraban. Nunca duraba mucho tiempo en un restaurante, ya que apenas comenzaba a trabajar en alguno de ellos a los pocos meses venía otra oferta profesional y económica mucho mejor.
Durante mucho tiempo estuve en la cúspide de la fama cocinera. Me contrataban los mejores restaurantes, viajé por las mayores mansiones de todo el mundo en viajes relámpagos por Qatar, Marbella, Hong Kong, San Petersburgo y El Cairo, entre otras ciudades, para preparar antológicos banquetes para bodas, aniversarios, cumpleaños o simples fiestas improvisadas donde mi sola presencia le daba toque de leyenda a dichos jolgorios.
Incluso hasta llegué a cobrar 500 mil dólares en Bombay solo para hacer el té, y servirlo, en una reunión de esposas de altos empresarios hindúes.
No podía pedir más. Pero ya no quería nada más. Me harté del mundo de la alta culinaria, me cansé de preparar banquetes a dignatarios con maquillajes democráticos, a dictadores sin pudor, a empresarios corruptos, a esposas inútiles y derrochadoras. En un momento de mi vida prefería morir antes de seguir cocinando para los poderosos.
Rompí con todo. Decidí regresar a mi país, a mi Tenares natal, al cobijo de abuela Rigoberta. Sus consejos sanos, los cuales desdeñé por mucho tiempo, me mostraron el camino.
Hoy se cumplen dos años de la inauguración de los comedores populares que fundé, y que llevan el nombre, como no, de abuela Rigoberta. Preparo platos exquisitos a precios irrisorios para las personas de escasos recursos. No gano nada, incluso pierdo económicamente, pero no me importa. Hice mucha fortuna en mis años de alta cocina, ahora quiero devolver a mi pueblo una parte de lo aprendido y disfrutado durante muchos años de cocina de más alto nivel.
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