martes, 21 de diciembre de 2010

El chef

Desde mis primeros años de vida la cocina ha sido mi vida. Cuenta mi abuela Rigoberta que cuando empecé a gatear lo hacía para dirigirme a las cacerolas que inundaron mis fantasías infantiles.

He dedicado toda mi existencia a los sabores, olores y texturas de la cocina, desde el tradicional mangú hasta las sofisticadas ancas de rana que aprendí a hacer en mis estudios culinarios en Francia.

Conozco cada secreto de las cocinas del mundo, desde los platos más populares en los países de América, Europa, Asia y África (tengo una deuda con las tradiciones culinarias de Oceanía, ese es mi Talón de Áquiles), y además tengo una creatividad inmensa para fusionar cocinas que nadie antes pensó eran posibles fusionar. Soy un chef, pero no uno cualquiera, de esos que trabajan en restaurantes dudosos, no, no, soy un gran chef, un gran chef.

Entendido esto continuó el esbozo de mi vida.

Recuerdo que desde mis primeros años de vida he estado inmerso en las cuestiones culinarias. Mientras mis hermanos y primos dedicaban su tiempo a banales juegos de béisbol estaba yo fajado destripando pollos, cortando verduras, sazonando carnes, batiendo huevos, pelando plátanos y separando el grano bueno del malo de las cosechas de arroz, tareas a las que se dedicaban mis abuelos.

No me importaban las bromas mal intencionadas de mis familiares masculinos (que por cierto, no pocas veces dudaban de mi orientación sexual), ni tampoco las suspicacias de mis abuelos, hombres curtidos en el trabajo agrícola que veían en mi manifiesta vocación cocinera una amenaza a la probada hombría tradicional de sus familias. Solo me importaba cocinar. En estos menesteres era feliz, completo, perfecto.

Abuela Rigoberta fue mi mentora. Por eso siempre la menciono cuando recibo numerosos premios, ya sea en Santo Domingo como en París, en Londres, en Roma, en Barcelona, Montreal y cualquier otra ciudad que se rinde ante mis majestuosidades culinarias.

Aunque éramos esencialmente gente de provincia, muy lejos de hábitos y gustos sofisticados y citadinos, hubo en casa la apertura para saber que cada hijo debía elegir su camino en la vida. El mío era la cocina. Mis agricultores abuelos no veían con muy buenos ojos mi futuro inmerso en las cacerolas y los sartenes, pero tampoco hicieron campaña abierta para oponerse a mis designios.

Estudié con los mejores chefs del país, en los mejores restaurantes, preparé los mejores banquetes. Mi fama me ganó portadas de prestigiosas revistas nacionales e internacionales. Ya a los 25 años era considerado una leyenda de la cocina tropical, latinoamericana e internacional.

Durante 20 años trabajé en los restaurantes más reputados en Europa. En Londres me adoraban, en París me envidiaban, en Roma me idolatraban. Nunca duraba mucho tiempo en un restaurante, ya que apenas comenzaba a trabajar en alguno de ellos a los pocos meses venía otra oferta profesional y económica mucho mejor.

Durante mucho tiempo estuve en la cúspide de la fama cocinera. Me contrataban los mejores restaurantes, viajé por las mayores mansiones de todo el mundo en viajes relámpagos por Qatar, Marbella, Hong Kong, San Petersburgo y El Cairo, entre otras ciudades, para preparar antológicos banquetes para bodas, aniversarios, cumpleaños o simples fiestas improvisadas donde mi sola presencia le daba toque de leyenda a dichos jolgorios.

Incluso hasta llegué a cobrar 500 mil dólares en Bombay solo para hacer el té, y servirlo, en una reunión de esposas de altos empresarios hindúes.

No podía pedir más. Pero ya no quería nada más. Me harté del mundo de la alta culinaria, me cansé de preparar banquetes a dignatarios con maquillajes democráticos, a dictadores sin pudor, a empresarios corruptos, a esposas inútiles y derrochadoras. En un momento de mi vida prefería morir antes de seguir cocinando para los poderosos.

Rompí con todo. Decidí regresar a mi país, a mi Tenares natal, al cobijo de abuela Rigoberta. Sus consejos sanos, los cuales desdeñé por mucho tiempo, me mostraron el camino.

Hoy se cumplen dos años de la inauguración de los comedores populares que fundé, y que llevan el nombre, como no, de abuela Rigoberta. Preparo platos exquisitos a precios irrisorios para las personas de escasos recursos. No gano nada, incluso pierdo económicamente, pero no me importa. Hice mucha fortuna en mis años de alta cocina, ahora quiero devolver a mi pueblo una parte de lo aprendido y disfrutado durante muchos años de cocina de más alto nivel.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Buenos consejos

Ya era el momento de la despedida. Los chicos y chicas del último año del bachillerato nos despedíamos, nos dábamos las manos, nos dábamos besos, y uno que otro (yo era uno de ellos, lo recuerdo bien), aparentando distracción, rozábamos con fruición los labios de las chicas.

Michel y yo –Mario Rivas, un servidor- caminábamos desde la casa de la Cayetano Rodríguez hasta la Correa y Cidrón con algo de tropiezo por el efecto de tanta cerveza y tanto ron ingerido entre los paréntesis de grasientas picaderas que no sin “amor” (¡que palabra tan devaluada en estos días!) preparaba Doña Barbarita, la madre de nuestra maravillosa anfitriona.

A la espera de alguna voladora o concho, comentábamos sobre la fiesta que ya empezaba a ser recuerdo. Afirmábamos, con ayuda de nada coreográficos gestos manuales, la condición de anfitriona sin par de Matilde, conocedora no sólo de incipientes secretos amatorios, sino también de exquisiteces culinarias que se verificaban en ese orgiástico sancocho de siete carnes que hizo las delicias de todos nosotros en ese emotivo 14 de febrero, a pesar de las constantes quejas de su abuelo, Don Tuto.

“Nadie en esta casa me respeta, nadie, absolutamente nadie tiene compasión por esta mierda de viejo. Usted sabe lo que es armar todo este alboroto y no dejarme dormir. Son unos hijos de la gran puta”, decía el antiguo teniente en tiempos del Jefe, y entre queja y queja se destapaba con poderosos escupitajos con perfecta puntería, los cuales caían como bombas en una descolorida bacinilla, provocando un ruido estruendoso, que perturbaba la borrachera de Doña Barbarita.

Tambaleándose, la madre de Matilde nos deseaba buenas noches, y nos exhortaba a tener cuidado: “¡Ay mis hijos!, que Dios los proteja, hay mucho crimen en la calle, esto está del carajo. Antes no era así”. Acto seguido se desplomó en un sofá. El alcohol le había vencido.

Nos manteníamos charlando sobre las virtudes pectorales de Claudia -foco de atención de todos los muchachos- al aparecer el esperado concho. Nos montamos en el asiento trasero, el cual estaba ocupado por un esquelético hombre. “Pobre hombre”, pensé, como si este fuese la pena personificada. En el asiento delantero se encontraba un rechoncho mulato con facciones cochinescas, y el chofer, un hombre entrado en los cincuenta.

Un par de esquinas después abordó el vehículo otro pasajero, mientras seguíamos comentando sobre los senos de Claudia y las nalgas de Margarita, quien con disimulado placer se dejaba besar y acariciar de vez en cuando.

Al llegar a la esquina de la Alma Mater, el pasajero que iba a mi lado pidió parada, se desmontó, y cuando me disponía a cerrar la puerta encontré un obstáculo: un nuevo pasajero, pistola en mano, se montó presuroso, mientras el cochinillo recitó las palabras de rigor: “esto es un asalto”.

Por un momento pensé que aquello era una broma, alguna cámara escondida para algún pésimo programa televisivo, ya que el revólver que portaba el asaltante parecía de juguete, de aquellos con los que jugábamos a indios y a vaqueros en la pretérita infancia. Pero al ver a Michel observé al pasajero que estaba a su lado, el pobre esquelético, portando un enorme cuchillo de mesa, que no tenía en lo absoluto una apariencia infantil. Sin dudas, era un asalto.

“No hablen ni media palabra y dennos todo el dinero que tengan”, dijo el cochinillo, mientras el pistolero me alojó el arma en las costillas, a la vez que me dijo en mal tono que le diese mis zapatos recién estrenados. Michel y yo sacamos de nuestros escuálidos bolsillos todo el dinero que teníamos: 58 pesos en total. La suma representaba, sin lugar a dudas, un fracaso para el delito, aún a fines de los años ‘80. El pistolero, indignado, me preguntó enérgicamente si era todo el dinero que portaba, y con las manos temblorosas busqué entre los bolsillos de mi jeans, logrando extraer de ellos la suma de 4 pesos y 75 centavos en monedas de 50, 25 y 10 centavos. Le ofrecí la suma –que engrosaba los 58 pesos anteriores- a mi asaltante correspondiente. Al ver el amasijo de monedas en mis manos las rechazó con marcado disgusto, propinándome una bofetada inmortal (jamás la olvidaré), al tiempo que Michel se mantenía estático, no sé si por la certeza de que nada más grave nos pasaría o por que se estaba literalmente cagando del miedo.

El auto dobló por la Abraham Lincoln para tomar el Malecón, y mientras pasábamos frente a un destacamento policial estuve a punto de gritar, pedir auxilio, pero Michel se percató de mi intención, y con su codo derecho me dio un ligero golpe en el costado, para advertirme sobre el error en que incurriría. El chofer les pedía a los asaltantes que no le hicieran daño, que él no los delataría, que era un padre de familia. No sabíamos si mentía o no, si aquello era simplemente una coartada para aparecer como víctima también. Lo que si sabíamos era que el auto doblaba de este a oeste, parqueándose frente a los acantilados del Mar Caribe. Presagié lo peor. Sudaba copiosamente y sentí poderosos punzones en el pecho. En ese momento perdí oxígeno y algo de reflejos.

“Salgan del carro sin decir ni ‘pío’ y no se atrevan a mirar pa’tra, si no quieren que les peguemos unos plomazos, par de mariconcitos”, dijo el líder cochinesco.

Tan pronto nos desmontamos, pensé: “ya nos jodimos. Nos van a disparar por la espalda y mañana saldrá en los periódicos una noticia sobre nosotros, pero muertos”.

Durante unos segundos sentí un frío polar desde la nuca hasta el culo. Libres mis piernas, corrí hacia los acantilados como Jesse Owens en el Berlín del ‘36, inhalando todo el aire que no había podido respirar en los minutos previos.

“¿Qué haces Mario? ¿Te vas a tirar al mar? Regresa, ya se fueron”. Todavía inhalaba oxígeno en grandes bocanadas, y luego enuncié una de esas frases absolutamente memorables: “Nunca antes había estado tan cerca de la muerte”, dije atropelladamente, introduciendo las manos en los bolsillos, buscando una menta con la cual aplacar mi tensión. No la encontré, había sido parte del botín.

“Lo mejor es que duermas en mi casa. Ya son las dos de la madrugada. Mañana te vas y se olvida todo”, dijo Michel con un temple que a mí se me antojó heroico.

La oferta no fue rechazada. Caminamos a su casa, cerca del extinto Cine Lumiere, y al llegar, asumimos actitudes diversas. Michel decidido a dormir, y yo con los ojos compungidos, a punto de llorar y preguntándome “¿por qué a mí?”. El heroico no lo pensó dos veces, y al ver la cama se lanzó en ella como si alguna secreta amante hubiese esperado libidinosa su llegada.

Tras lloriquear en una de las esquinas de la habitación, ante los insultos entre dientes de mi amigo, llamé a mi madre para explicarle que dormiría donde Michel, que se había hecho tarde, que no encontraba transporte, y otras mentiras más. Mi madre, siempre preocupada, me dijo: “Ay mi hijo, no andes tan tarde. Hay que tener cuidado, y más ahora que hay una ola bestial, monstruosa y apocalíptica de asaltos y violaciones. Duerma bien, y cuídese, que esto está muy, pero muy difícil. ¿Cenaste? Bueno, buenas noches mi hijo”.

Decidí dormir, no sin antes sacar de la habitación una alcancía porcina de Michel. Eliminaba así uno de los elementos de la inminente pesadilla.

Un intento sentimental

El autobús por fin llegó a la parada, no con la celeridad oficial sino con la tardanza habitual. Subimos poco más de una docena de estudiantes, todos agotados. Como era mi costumbre, fui directamente hacía los asientos traseros, donde dejé tumbar todo mi cuerpo y acto seguido fui entrando en el sueño antes de llegar a mi casa.

Mi destino cotidiano era largo, aproximadamente unos 45 minutos de la universidad a mi hogar. Tras ocho horas de trabajo en el Instituto de Congelamiento de los Precios de Productos Agrícolas Tradicionales (INCONPREPROA), pésimo almuerzo y varias horas de clases con profesores de folletines, libros-piratas y tópicos gastados, dormir era el sueño anhelado.

Las paradas se sucedían sin que me diese cuenta –ya estaba programado para despertarme minutos antes de llegar a la que me correspondía-, pero mucho antes de la parada habitual de este servidor desperté con todos mis sentidos aguzados. Al sentir el cuerpo de ella (todavía no sabía su nombre, no desesperen) y su aroma de belleza indescriptible, abrí los ojos sobresaltado, miré a mi lado y ahí estaba ella, idéntica a la mujer con la que soñaba noche tras noche durante meses. Tuve que frotarme los ojos con fruición para convencerme de que no estaba envuelto en una de mis múltiples fantasías.

Ahí estaba la chica que había despertado en mí millones de emociones por segundo, un torbellino de sentimientos difíciles de controlar, agolpados en mi frente, en mi pecho, y como no, en mi pene.

No sabía qué hacer. Sentí inmediatamente deseos de abrazarla, besarla, hablarle de mi amor, de un futuro para los dos. El poco de razón que me quedaba en ese instante me contuvo. Supe que me tomaría por un maniático. Respiré hondo mientras buscaba con suma dificultad entre mis gastadas neuronas una estrategia infalible para abordarla.

Mi respiración se aceleraba, sentía taquicardia y el vaivén del autobús hacía que nuestros cuerpos –bueno, nuestros antebrazos- se tocasen constantemente. El roce de su piel y de sus tiernos vellos me provocó una erección brutal. Por momentos pensé que Calígula (mi miembro) se haría independiente de mí y corretearía por todo el autobús repartiendo entre todos su láctea pasión.

Noté que ella me miraba. ¡Sí, tenía interés en mí, en este triste estudiante de contabilidad! De una u otra manera algo le llamaba la atención. Revisé mis ojos: no tenía lagañas. Mi bragueta: mi pene aún estaba en su lugar. Mi aliento: no tenía halitosis. Mis axilas: estaban libres de pestilencia. Me seguía mirando. Pensé que… ¡podía gustarle! Esa idea me impulsó a hablar con ella, a decirle cualquier cosa, pero hablarle, oír su voz, sentir su aliento de doncella virginal sobre mi cara, y mientras deseaba todo eso, mis neuronas cansadas parecían haber encontrado la manera fulminante de abordarla con algo genial.

-¿Estudias en la universidad?

-Sí, ¿por qué lo pregunta?

-Creo que te he visto antes, pero no recuerdo cuando exactamente, le mentí, y ya sentía que de esa pregunta inicial se desprendería una inteligente y sensual conversación que conllevaría un cruce de teléfonos, una cita, dos citas, tres citas, besos y abrazos, abrazos y besos, noviazgo, casamiento, familia, hijos.

-Es posible que me haya visto muchas veces. Tengo ya dos años en la universidad. Yo también a usted lo he visto.

-¿Cómo va a ser? Pareces muy joven para tener todo ese tiempo estudiando. Pensé que eras de nuevo ingreso- dije yo con afectada sorpresa, confiado en que la alegraría el que le señalará como una muchacha más joven de lo que realmente era.

-¿Supone usted que miento? ¿Supone usted que no digo la verdad y que miento sobre el tiempo que tengo estudiando en la universidad? ¡Es usted un cerdo!- vociferó histérica mi amada, mientras un torrente de lágrimas caía por su rostro.

Un par de muchachos se acercaron de manera intimidante, preguntando qué ocurría, por que lloraba la chica de la cual no sabía ni su nombre, ni la causa de tanto alboroto. Los dos muchachos –muy fornidos, es importante señalar- empezaron a darme ligeros golpes en los hombros, cuando una señora con enormes lentes y cara de batracio realizó el señalamiento que me condenó sin oportunidad de apelación: “Ese muchacho estaba hostigando sexualmente a esa niña. Yo lo vi todo. ¡Es un depravado, un monstruo, un violador!”

Aquello, unido al interminable llanto de mi musa, causó todo un revuelo a mí alrededor. Decenas de personas me llevaban de un lado para otro, se tiraban encima de mí, me golpeaban, me escupían, me pateaban y me insultaban generosamente. Incluso alguien se venteo en mi rostro. Un par de voces plantearon las posibilidades de linchamiento –descartada por la falta de espacio en el autobús- y otra, la de un joven con voz afrancesada, propuso la guillotina.

Felizmente, ambas propuestas fueron desechadas. Me faltaba aire, que sólo pude respirar cuando el autobús se detuvo, se abrió la puerta trasera y me lanzaron como si fuera un balón de fútbol.

Estuve inconsciente durante unos minutos. Al despertarme ahí estaba la lacrimosa amada, que me dijo se llamaba Lisbeth Gertrudis Campusano-Brito O’ Hara, que me pedía perdón por lo ocurrido, que todo había sido una enorme confusión, que la señora acusadora era una demente -miembro de una secta que abogaba por la inseminación artificial para erradicar así completamente el acto sexual- y que su llanto se debió a la posibilidad de que yo hubiese pensado que ella mentía de alguna manera. “No soporto pasar por mentirosa, mucho menos ante ti, de quien estoy enamorada desde la primera vez que té vi hace un par de años. Antes que mentirosa prefiero pasar por prostituta, asesina o diputada. ¡Oh mi amor, perdóname!”

Yo, que me había fracturado la frente y sangraba de forma bondadosa, la abracé, la besé y le dije que lo único que quería era una oportunidad de que fuésemos felices. Me ayudó a parar y acompañó hasta mi casa. Un día después sería mi novia, tres años después mi ex esposa. No tuvimos hijos, la convivencia fue difícil entre ambos. Perdí la cuenta de sus amantes, algunos de los cuales conocí, aunque en calidad de amigos y de primos. Los sueños no siempre se mantienen siéndolo, a veces devienen en pesadillas. Pero el intento no fue en vano.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Habitación 13

Nunca creímos en cábalas, ni horóscopos, ni lecturas de tazas ni de manos. Quizá por desafío a la superstición o porque en nuestra primera noche en aquel triste motel de barrio era la única desocupada, la habitación 13 se convirtió en nuestro hogar. Yolanda, nuestros encuentros nacieron con un deseo que pensamos era imposible sentir, por lo que aún desnudos en la cama pretendíamos que era un juego inocente sin ninguna implicación.

Primera vez y tú y yo pretendiendo negar lo que iba a suceder, lo que sucedía, lo que sucedió, descalificándolo, denostándolo. ¡Qué va! Lo que sentíamos no se podía negar, ni ocultar, ni enterrar. Con demasiada frecuencia –es decir, siempre- pensaba en ti en los momentos más dispares: una reunión en el trabajo con el dueño de la ferretería, sentado en una mecedora en casa de mi madre, jugando con mis hijos, al llegar a casa y recibir el “hola mi amor, te hice arenque y platanitos sancochados para la cena”.

Nuestros encuentros -¿recuerdas Yolanda?- no diferenciaban amor de sexo, ni la pasión de la ternura. En aquella cama de la habitación 13 de motel de chinos -con restaurante en primera planta y supermercado al lado del mismo nombre- pasábamos del desenfrenado deseo compartido a las mutuas confesiones, a los planes de un futuro común, al establecimiento de un paraíso para ambos sin serpientes ni frutas prohibidas, donde ya no tendríamos que ocultarnos ni temer por los celos, los escándalos y posibles venganzas de nuestras parejas oficiales.

Tu esposo, querida Yolanda, mi esposa y nuestros hijos desaparecían como por arte de magia de nuestras noches “treceavas”, de aquel espacio de cuatro paredes, techo y puerta con pestillo donde jugábamos a ser nuestros auténticos YOS, no los fabricados para consumo externo. ¡Ay Yolanda, qué veladas magníficas!, en las cuales tu vagina era un universo poblado de estrellas y mi pene un ídolo a adorar por la devoción y fe de su principal creyente: tú. Por cierto, amor, nunca tuve claro si eras o no católica, evangélica o pentecostal, sabes, por aquello del “¡Ay Dios, Ay, esto sí es bueno!”. Creo que una vez me dijiste que era por pura costumbre heredada de los años de estudios en el colegio de monjas. Quizá era una forma de invocar algo o alguien o alguna idea teóricamente superior que te elevara –con mi ayuda- por encima de la maldita medianía de los días, unos tras otros, sumando tedio y ruina sobre la existencia. Quizá debí invocarlo yo también…pero estaba siempre tan bien ocupado en tus labios, en tu boca, en todos tus labios.

Trece meses ya de conocernos por accidente –como casi todo lo importante en la vida- en aquella fila de un banco que terminaría en quiebra y escándalo político. Amor a primera vista, corazones agitados, pubis humedecidos, sudores faciales, primeros intentos de aproximación verbal buscando rápidamente unas palabras, una frase que justificase mi abordaje, que desatase en ti una sonrisa que me diese paso a otras palabras, a entablar un contacto que derivase en intercambios de teléfonos, a la invitación a una cita a tomar café o a cenar –que nunca es a tomar café o a cenar sino algo diferente-, y mientras pensaba velozmente que decirte avanzaba la fila y tu volteaste el rostro hacia atrás para mirarme, para sonreírme, y yo sonreí, y supe entonces que no era necesario mucho discurso, que bastaba un “hola” porque ya tu me invitabas a tu mundo, y tu pensando –eso me lo dijiste en nuestro segundo encuentro- “tómame, ni siquiera me hables, no perdamos el tiempo, cómeme viva, arráncame esta falda que aprisiona mis piernas que quieren abrirse ante ti, cógeme como una fiera”, y entonces te digo el tópico “hola”, y me acerco un poco más a tu cuerpo, y la fila avanza, y me sonríes de nuevo con esa dentadura magnífica de tan limpia y tan parejos los dientes, y me acerco más, y con mi mano derecha te tomo la cintura, y tú que sigues sonriendo, y me respondes el saludo, y yo que estoy a punto de eyacular, y tú a punto de voltearte y darme uno de esos besos que se han hecho famosos en Hollywood, y siento la electricidad de tu cuerpo traspasar tu piel y anidar en las mías, y… “el próximo, por favor”.

Temí que después de tu operación bancaria te irías inmediatamente sin dejarme posibilidad de saber cómo encontrarte, a donde llamarte. Pensé incluso no realizar mi diligencia bancaria para alcanzarte, ya que, después de todo, había tardado 39 años en dar contigo. Pude realizar el cambio del cheque, ya que me hiciste entender con señas que me esperarías fuera.

A la salida decidimos llamar a nuestros respectivos trabajos avisando que faltaríamos por…por…lo que fuera: alguna enfermedad repentina, un accidente, un percance familiar, no importaba. Después, una discreta cafetería que tú conocías: un café para mí, un té para ti -que considerabas que los pueblos más desarrollados tomaban esa bebida-, conversación, manos entrelazándose, jugueteo de nuestros pies debajo de la mesa, furtivos besos mientras mirábamos alrededor, y era feliz, y tú también, “quiero hacerte el amor” –te dije-, y tú que “yo también, pero estamos casados, tenemos hijos, estaríamos siendo infieles, no está bien, te deseo como nunca he deseado a un hombre, pero no está bien”, y yo insistiendo, y tú que sí pero que no, que no está bien, que mejor nos quedamos como amigos, o mejor, que nos despidamos y no nos busquemos, y yo dale que dale con que “vamos a hacer el amor”, y tú con lo mismo, hasta que dije –deseando con fervor que no me hicieras caso y reaccionaras, como lo hiciste- “está bien. Tienes razón. Dejemos las cosas como están”, y yo llamando al mesero, que cuánto es, y pagando, y parándome, y extendiendo la mano a modo de saludo, y tú con la boca abierta, “¿Y a dónde tú vas?”, y yo que “me voy. Es lo mejor para los dos. Tienes razón”, y tú que “¡Ay no! Usted y yo nos vamos ahora mismo, juntos”, y yo casi con un paro cardíaco de la emoción, y erección apoteósica, y salida casi galopante del café, y montarnos en mi Toyota Corolla color amarillo, y a coger la autopista para una cabaña, y tú que no, a otro lugar, que tu marido tiene un par de amigos dueños de esas cabañas, que a otro lugar, y yo desesperado, y tú también, y cogemos por ahí, cerca del café, por la México, por la Duarte, ya ni me acuerdo, y veo que aún está aquel motel, frecuentado en mis años universitarios, y qué bien por cierto que sea ese, que debe seguir siendo barato, que faltan más de 13 días para cobrar a fin de mes, y este arranque que tengo encima no da para mucho, pero por lo menos tendremos una cama para los dos, y tú que no importa, con tal de que nadie nos vea, y estacionamos, y entramos, y pago a chino de Macao, de Hong Kong o alguna provincia china imposible de pronunciar bien, y que importa, y nos da la habitación 13, la única libre, y risitas nuestras, y entrada a la habitación, y ponemos el pestillo, y ropa volando por la habitación, y…

No teníamos supersticiones, ni creíamos en brujas ni en pitonisas, pero por alguna razón cabalística que nunca entenderé seguimos yendo al mismo motel y pidiendo la misma habitación. Tantas buenas habitaciones y cabañas, con jacuzzis, con camas mucho más grandes, con baños muchos más limpios, y seguimos retornando a la misma habitación. Quizá porque la asumimos como un hogar. Hasta convinimos con el chino para que determinados días, a determinadas horas, la tuviese lista para nosotros. ¿Recuerdas? Esos eran los días que dizque tomábamos clases de francés, la lengua de un tal Barsax y un tal Estendal.

Nuestra habitación tenía sabor a hogar, a Nuestro Hogar, fuera de apariencias y de engaños, de poses y respuestas educadas. Bellas palabras al oído, excitantes olores corporales, música en nuestros ojos, fluidos recorriendo nuestros cuerpos, universos inagotables. No importaba el chino tocando la puerta diciendo que se había acabado el tiempo ni la musiquita que ya no escuchábamos (“Paloma, dime por qué” o “Pequeña amante”, o qué sé yo), ni las excusas caseras para justificar tardanzas y ausencias. ¿Para qué preocuparse por los demás?

“That is the question, darling”. ¿Para qué preocuparse por los demás?

Cariño, nuestras noches fueron maravillosas. Fueron. Pasado. Fin. The End. C’est fini. Finito. Ya no habrá más. Ya no habrá nada más que esta estancia perpetua llamada muerte. ¿Y cómo se habrá enterado el demente de tu marido del motel que frecuentábamos, de la habitación 13, de nuestro genuino hogar? ¿Será que le habrán leído la taza? ¿Y por qué nadie le aconsejó no andar con aquella Magnun 45?

Ya no importa si él me disparó, te disparó y se disparó (¡coño, si tan solo se hubiese disparado él solo!) Ya no hay remedio, qué carajo, como tampoco hubo remedio a tanto deseo que nos llevó a la cama de la habitación 13 de aquel motel de mierda y de chino con sandalias y pantalones de mezclilla y franelita blanca gastada por tanto uso y de puto barrio caliente de Santo Domingo. Ya nada importa en la eternidad de estas tumbas a que nos confinan, sin placeres, sin problemas, sin sueños ni pesadillas, ni nada de nada. Nada de nada. ¿No eras católica, verdad? ¿O sí? Por cierto, no sabía que tu marido era sargento.

Feliz o fusilado

Ante las exigencias de la opinión pública, los medios de comunicación, las iglesias (católica, pentecostal, evangélica, mormona, bautista del sur, neo-anglicanos, post-bautiptas, ect.), y especialmente los partidos políticos de oposición, el gobierno decidió tomar el ‘toro por los cuernos’.

La delincuencia en la República se había tornado en desesperante, según los entendidos en la materia, que se contaban por cientos de miles en un país de unos 8 a 25 millones de habitantes (según el último censo). Se exigía al gobierno de turno, dirigido por el PFR (Partido de la Felicidad de la República) que tomase medidas drásticas. El gobierno las tomó, y decidió algo que hasta sus más acérrimos enemigos tuvieron que elogiar: la medida de Feliz o fusilado.

La medida, lograda en base a un consenso de estudiosos en las materias de criminalidad, psicología popular, ONGS, representantes de las iglesias, miembros de la sociedad civil, militar y policial, madres –incluso padres de familias-, tíos y abuelos, machos y hembras de la República, republicanos en el país y de la diáspora y un largo etcétera.

Consistía en lo siguiente: la total e irrestricta obligatoriedad de todos y cada uno de los pobladores del país –nativos y extranjeros- de ser felices (preferiblemente a más no poder). De esta manera era mucho más factible detectar quienes podían llevar dentro de sí el germen del crimen, la delincuencia y el desorden civil. Quienes, no importaran las causas, no se mostrasen felices de manera constante serían asumidos como desafectos a la vida urbana y rural, playera o montañesca, a la sana convivencia, al destino manifiesto que no solo el gobierno de turno, sino también sus meritorios partidos políticos de oposición, querían para la República.

La pena máxima (y prácticamente la única) que se aplicaría a quienes no siguieran al pie de la letra la nueva ordenanza de ser felices sería la muerte, perdón, el fusilamiento, o en su defecto, la lapidación, el ahorcamiento (asistido), el aplastamiento, la destrucción, en fin y en pocas palabras, la desaparición de este valle de felicidad, que ya dejaría de ser de lágrimas (incluso con el apoyo de la Iglesia Católica, que puso reparos a la ordenanza en las primeras instancias, pero que eventualmente dio su visto bueno).

La medida se decidió implementar a partir del 14 de febrero de 2007. El día de Los Enamorados o de San Valentín (como prefiera el lector) fue decidida en función de que es también el día de la amistad, ¡y qué más felicidad que tener amor y amigos!

El gobierno de la República creó un cuerpo mixto entre la Policía y las Fuerzas Armadas para la vigilancia estricta entre la población para determinar quienes se mostraban felices y quienes no, y entre quienes se mostraban felices quienes podían mostrarse felices sin serlo, escudando su odio y su saña hacia la población de la República tras una sonrisa mal intencionada, engañosa, falsa y atroz. Claro está, el cuerpo mixto – al que se denominó Cuerpo Armado por la Felicidad (CAPLF)- daría el ejemplo: aunque armado hasta los dientes de los más modernos armamentos con que podía contar una nación del tercer mundo cada uno de sus miembros mostraría una inequívoca sonrisa de felicidad, aún en los casos del más estricto cumplimiento de la nueva ordenanza que prometía devolver tranquilidad y paz a cada uno de los hogares de la República.

Fueron creados tribunales especiales, llamados Tribunales por la Felicidad y la Concordia, cárceles especiales para los infelices y hermosos paredones para los criminales de infelicidad y los culpables en reincidir en la tristeza y la depresión constante. Los paredones tenían murales pintados por famosos acuarelistas nacionales y foráneos, con bellas imágenes de ángeles y animales (preferiblemente mamíferos y aves terrestres, como avestruces y pingüinos), y con cielos de un azul tan claro que las balas que fusilasen a los bandidos y canallas de infelicidad más que proyectiles fueran concebidos como pasaportes hacia la maravilla de la eternidad.

Incluso quienes fueran condenados a muerte por otras vías tendrían la posibilidad de elegir hermosos y alentadores formas de morir: los sentenciados a la horca podrían elegir entre sogas bellamente pintadas de rosa, fucsia y azul turquesa; los sentenciados a la lapidación podrían elegir entre rocas volcánicas procedentes de los volcanes del sur de Italia, piedras del Gran Cañón o rocas procedentes de las más alta elevación de cada continente; los sentenciados a las inyecciones letales podrían elegir entre compuestos químicos mortales combinados con cervezas con sabor a pistacho, melocotón, guayaba o batida de lechoza con leche, descremada o semidescremada.

Algunos grupos opositores (incluyendo madres de rateros, padres de criminales a sueldo, tíos de asesinos pasionales, nietas de infelices empedernidos que hacían de los lugares de trabajos verdaderos lugares de tortura) tuvieron que admitir la pertinencia de la ordenanza de Feliz o fusilado.

Los crímenes violentos disminuyeron en un 354 por ciento en los primeros seis meses de la ordenanza, al igual que disminuyeron los robos de carteras, aretes y prendas en un 313 por ciento; los robos en autos del transporte público en 298 por ciento; las denuncias de robos y asaltos en un 213 por ciento; las violaciones de menores en un 198 por ciento; de adultas y ancianas en un 177 por ciento; y más importante aún, disminuyeron los divorcios en más de un mil por ciento, aumentaron los matrimonios en un 669 por ciento y las cárceles fueron literalmente quedando vacías (se asumía que nadie en la cárcel podía ser feliz, por lo cual fueron paulatinamente fusilados los infelices, y el temor ante caer en la cárcel obligada a la población no carcelaria a ser felices o por lo menos disimular con maestría un mínimo de felicidad).

El gobierno del PFR, gracias a las Asambleas de la Felicidad Nacional que realizaba el último jueves de cada mes, logró ir perfeccionando la medida de Feliz o fusilado gracias a las peticiones y observaciones de los diversos estamentos de la sociedad. Como la ordenanza ya se iba asumiendo como elemento esencial de la cultura de la República, se decidió que las nuevas generaciones tuviesen la mejor educación sobre el binomio Estado-Felicidad, por lo que fue creada la Universidad de la Felicidad y centros de capacitación para niños, adolescentes y adultos a través de toda la República.

El himno fue modificado para incluir las palabras Felicidad, gozo y bienestar por lo menos una vez en cada una de las 113 estrofas del himno. El eslogan “No al crimen, si a la felicidad” se convirtió en obligatorio en por lo menos dos prendas de vestir de cada miembro de la población. Se cambiaron, por decreto presidencial, los nombres oficiales de los equipos deportivos, que generalmente hacían alusión a animales feroces por los siguientes: Gozosos de Puerto Cobre, Risas de Ciudad Marítima, Tranquilos de Mouí y Felicísimos de Santo Martes 13, entre otros nombres que destacaban las ventajas de la felicidad, la pertinencia y necesidad nacional de la felicidad.

Ante las acusaciones de algunos grupos rebeldes y algunos gobiernos extranjeros (lógicamente sediciosos y envidiosos hasta rabiar) de violaciones a los derechos humanos y de falacias como la instauración de una dictadura, el gobierno de la República mostraba en todos los foros internacionales los maravillosos logros que otros gobiernos y estados (incluidos del primerísimo mundo) no podían exhibir. La felicidad en la Tierra podía ser lograda finalmente y la República se estaba encargando de que el resto del planeta pudiese percatarse de estos hitos históricos, sin duda mayores que la llegada del hombre a la luna, del descubrimiento de América y de los más de mil goles realizados por Pelé en toda su carrera futbolística.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Nosotros somos honestos

Maromo y yo pedimos y mendigamos con mucha dignidad y honestidad.

Jamás pedimos para comida, ni medicinas ni ninguna de esas sandeces. Nuestra alimentación la proveen los magníficos zafacones de los barrios pudientes de esta ciudad. Nos enfermamos poco o casi nada. Los marginales como nosotros creo hemos desarrollado un altísimo grado de inmunidad hacia los virus y bacterias. Maromo piensa incluso que les damos asco y huyen desesperados de nosotros. No afirmo la idea, pero tampoco la niego. Mayores misterios tiene el universo.

Pedimos para alcohol y para drogas. Y pedimos dinero para estos productos de primera necesidad directamente, sin máscaras ni metáforas. Nos gusta la sinceridad y pontificamos si es necesario sobre este sacro valor.

Yo tuve una carrera que iba en ascenso en el competitivo mundo de la banca, hasta que mi afición a la cocaína me sacó del juego financiero. Maromo era un arquitecto exitoso, pero su alcoholismo provocó no menos de un proyecto donde la ausencia de varillas fue difícil de digerir. Tenemos cada uno nuestros propios vicios, pero somos solidarios: cuando hay alcohol yo me pego borracheras de antología, cuando hay drogas (casi siempre crack) él se da unos viajes que imagino visita Saturno, Júpiter y demás planetas vecinos.

Hemos estado abrazando el naturismo recientemente, por lo cual hemos incluido un té de cáscaras de banana que nos proporciona una agradable sensación de aturdimiento en nuestra dieta drogo-alcohólica.

A algunas personas les parecen ofensivas y escandalosas nuestras peticiones de recursos para tales fines. Incluso algunos han querido agredirnos físicamente, ya sea con sus puños o con sus balas. Pero hay gente buena en este mundo que nos da dinero para nuestras debilidades, sin las cuales nos sería insoportable vivir. Algunos incluso nos han invitado (a pesar de nuestros harapos) a magníficas fiestas donde puede escasear la felicidad y la diversión, nunca la coca.

Así van nuestras vidas, mejor, igual o peor que la vida de muchas otras personas. Quién sabe. Cuando era un competitivo ejecutivo bancario mi cuerpo era la posada de un continuo estrés. Es cierto que perdí mi esposa, que a mis dos hijos les causo náuseas y que los amigos de antaño ahora ni llegan a enemigos: simplemente me ignoran si se topan conmigo en alguna esquina de la ciudad. Pero, ahora estoy más relajado. Cierto, mucho más pobre, mugriento, solo y poco o nada admirado. Pero ya no recuerdo que es el estrés.

Maromo, en cambio, ni perdió esposa ni hijos. Nunca los tuvo. Ahora está ganando el corazón de Muriela, una mendiga venida de algún país de Europa del este. No sé mucho de su situación, pero creo entender que vino a este país hace 10 años huyendo no sé de qué persecución política. Lo cierto es que se gustan. Ninguno me lo ha dicho, pero ya los he sorprendido dos veces fornicando, una de ellas dentro de un zafacón repleto de espinas de pescado. El amor, el amor.

La vida no es perfecta, pero salimos a flote. ¡Ah! Están sacando la basura del restaurante italiano. Manos a la obra. Algunos restos de penne a la puttanesca encontraré. ¡Qué delicia!

domingo, 12 de diciembre de 2010

El rescate

La noticia del rescate llegó cinco horas después de su ausencia.

Sentí morirme. Sin ella no puedo vivir, no tengo estímulos en este mundo podrido sin su presencia, sin su calor, sin su silenciosa comprensión.

Pedían dos millones de dólares para liberarla. ‘¡Lo pago, lo pago!’, vociferé energúmeno por la línea telefónica. No me importa. Ella vale eso y mucho más.

Tengo millones de dólares, los cuales seguramente irán a parar a las manos de mis siete hijos e hijas, todos unos inútiles, incapaces y pervertidos. Solo de pensar en la herencia me dan ganas de desheredarlos y donar todo mi dinero a quien sea, para agua potable en el tercer mundo, para educación en el sureste asiático o para la nueva moda del cambio climático.

La cita para el rescate era en un bar de mala muerte de la zona este de la ciudad. Mi equipo de seguridad elaboró mil y un planes para poder salvarla de los raptores sin que perdiese yo ni un dólar. A todos sus planes dije que no, que yo solo la quería de vuelta, y no iba a arriesgar la posibilidad de volver a estar con ella si sus dichosos planes salían mal.

Les convencí.

Puntualmente estuve en el bar. Dos jóvenes me revisaron hasta el alma en búsqueda de algún arma de fuego, y luego me condujeron hacia una especie de sótano. Mi pidieron el maletín con el dinero y se los di. Uno de ellos fue detrás de una cortina y pasó el maletín a un cuerpo que nunca vi. Escuché el maletín abrirse y el sonido del dinero cuando es contado.Yo estaba impaciente. No la veía, no la sentía. ¿Y si la habían asesinado y me asesinaban luego a mí y se quedaban con mi dinero? Repito, el dinero no me importaba, ni siquiera mi vida tenía sentido sin ella.

Escuché una voz aguda, pero no vi el cuerpo que la sostenía. Dijo, y ahí empecé a sentir que la vida valía la pena vivirla, que como yo había cumplido con los términos establecidos ellos tenían que cumplir conmigo. Uno de los jóvenes hizo un gesto de insatisfacción, pero la voz incorpórea repitió la orden.

Me dijeron que saliera de la especie de sótano, que esperase en la esquina y que no intentase hacer ninguna llamada, y que en unos minutos ella estaría conmigo. Salí, entre feliz y temeroso de que a último segundo todo fuese una trampa para ellos huir sin devolvérmela.

Durante cinco minutos estuve en la esquina. Las piernas me temblaban y sentía que el corazón se rompía en mil pedazos. Hasta que, entre el bullicio de la gente que caminaba en todas direcciones, escuché su maullido.

Mi fe en la vida inundó mi corazón. Su ronroneo alrededor de mi pierna izquierda es el acontecimiento más bello que he vivido.

Mi gata siamesa nunca entenderá lo mucho que significa para mí. Pero no importa. Su vida ilumina la mía. Sin ella no soy nada. Nada.